viernes 9 de octubre de 2009

Pase onírico

En mi sueño estoy durmiendo con una mujer rubia que tiene una boca grande y carnosa, pero sin pintura ni maquillaje, con un pequeño granito rojo encima del mentón, donde explota su hermosa e imperfecta naturalidad. En mi sueño no hay colores pero yo soy capaz de presumirlos, estoy en el límite de la inconsciencia y la conciencia absoluta.

Ella me dice “introducción”. Y toca su vagina profunda, luego yo entro en ella siendo solo dos ojos (una visión) que se enfoca y se acerca a la profundidad vaginal de aquella dulce mujer primitiva. Al entrar, hay una mesa con cuatro sillas, al lado derecho está mi padre y mi madre, es una mesa inusual, en mi casa siempre hubo una mesa redonda, nadie estaba del lado de uno más que del otro, en el sueño parezco notarlo. Entonces, ya soy una visión con un cuerpo. Del lado izquierdo está mi hermano.

Ellos no son ellos. Es decir, no en la imagen. Sin embargo, esto no importa, nada importa en un sueño. En mi sueño estoy en la estación de un tren, debe ser una que vi en alguna película, en Lima no hay estaciones de tren, no puedo estarlo asociando a una vivencia. Estoy en una estación, esperando algo, no necesariamente la llegada del tren, quizá alguien, quizá algo, siento ganas de quedarme ahí, entonces llega lo que en el sueño llamo “la hora del miedo”.

Quiero quedarme. No quiero irme de aquí, mis piernas flaquean, pero dónde están mis piernas, me pregunto. Otra vez soy una visión, un yo volátil e insostenible, como la pantalla de la cámara de un banco puesta frente a la cámara de un banco. El miedo a verme y no ver sino, el impronunciable mí mismo. El vértigo del círculo. Sé que en estos segundos veo todas las imágenes que contienen las respuestas a aquellas preguntas, igualmente no pronunciadas y solo presentidas, que me he hecho a lo largo del sueño. Pero en cuanto quiero quedarme con una, despierto.

Esta vez lo sé, y a pesar de la angustia, intento contenerme. Sé que no habrán palabras después de esto, ni durante, ni jamás: soy como un periodista suspicaz en medio de Hiroshima una hora antes de que los aviones homicidas crucen el cielo.

Mi historia es la no historia, este es el verdadero sentido de Robinson Crusoe:

Veo el inmenso mundo de mi mente, como veo el océano desde la lejana isla y al comprender sé que no he comprendido que no soy un suceso, que esto no puede existir.

jueves 6 de agosto de 2009

El juego, el jugador y el arte

Reseña de un pequeño artículo de Gadamer

Debemos empezar, nos dice Gadamer, por el concepto de juego. Con ello nos referimos al modo de ser del juego y no a la subjetividad que juega. Distinguimos, pues, al juego del jugador.
Para el jugador el juego no es algo serio, por eso juega. Sin embargo, el jugar está en una referencia esencial muy peculiar a la seriedad. En el jugar se da una especie de seriedad propia e inconciente. Y no podría ser de otro modo, el jugador se abandona al juego solo porque no es conciente del control que el juego tiene sobre él.
El juego no es un objeto, no es algo fijo ni determinado; es un todo en movimiento, por ello su semejanza y relación estrecha con la vida.
El sujeto del juego, asimismo, no son los jugadores, ellos solo hacen manifiesto el “en sí” del juego, su espíritu. El autor define este “en sí” como “un movimiento de vaivén que no está fijado a ningún objeto en el cual tuviera su final”, el juego se renueva en constante repetición.
En el juego siempre algo está en juego, pero no necesariamente alguien. Gadamer, se vale de una referencia antropológica, para resaltar el carácter lúdico del comportamiento humano y, así, mostrar la prevalencia del juego sobre la conciencia del individuo, sobre la conciencia del jugador. En segundo lugar, encuentra que el juego del hombre es, como todo juego, un proceso natural.
En este sentido, al carácter inconciente del juego podemos agregarle la ausencia de un sentirse esforzado, con lo que evitamos confundir con esfuerzo esa suerte de descarga propia del comportamiento lúdico, pero despojada de una conciencia voluntariosa.
El juego siempre es un riesgo. Ya que se “disfruta de una libertad de decisión que sin embargo no carece de peligros y que se va estrechando inapelablemente”. Esta característica del juego lo dota de un cierto poder, por esto mismo, el juego se apodera de los jugadores y contiene un espíritu propio y peculiar.
El juego es autorepresentación. El arte, que es lo que ha llevado al autor a caracterizar el juego, es juego en tanto representación “para”. Y esto resulta un tanto novedoso, ya que originalmente el juego no se presenta para ningún espectador, o mejor dicho, no se realiza plenamente en él.
La representación teatral, por ejemplo, es un proceso lúdico que requiere esencialmente al espectador. Ya que, en ella, el jugador (actor) experimenta el juego como una realidad que lo supera, él es juego del juego, representación de la representación, en la que la autorepresentación del juego, o su presentación total, incluye la mirada, el juego jugado por el espectador. En el drama, pues, el juego mismo es el conjunto de actores y espectadores, pero dentro de este conjunto, el ideal es el espectador.
Por último, “la representación del arte implica esencialmente que se realice para alguien, aunque de hecho no haya nadie que lo oiga o que lo vea”. Un hombre que escribe una novela, que la termina, siente que su participación en el juego de novelar ha terminado, pero el juego “en sí” de la novela, solo puede terminar, hasta entonces, de manera ideal, cuando el escritor imagina a un supuesto lector y, en dicho acto imaginativo, este lee su obra.

martes 23 de junio de 2009

esperanza. 3 f. Rel. En la doctrina cristiana, virtud teologal por la que se espera que Dios dé los bienes que ha prometido

hace muchos años perdí la esperanza, la perdí junto a un montón de gente, el mismo día, a la misma hora. No fue una cuestión predestinada, como algunos abusan en proponer; no fue un acontecimiento histórico funesto y desgraciado, como afirman los que buscan en el cadáver el lugar de los hechos. Lo único malo es que pasó en agosto, y como agosto es el mes que no existe, ya no lo recuerdo.
Tú dirás que soy un fascineroso por decir eso, y yo te respondo que no solo lo soy sino que estoy orgulloso de serlo.