Pase onírico
En mi sueño estoy durmiendo con una mujer rubia que tiene una boca grande y carnosa, pero sin pintura ni maquillaje, con un pequeño granito rojo encima del mentón, donde explota su hermosa e imperfecta naturalidad. En mi sueño no hay colores pero yo soy capaz de presumirlos, estoy en el límite de la inconsciencia y la conciencia absoluta.
Ella me dice “introducción”. Y toca su vagina profunda, luego yo entro en ella siendo solo dos ojos (una visión) que se enfoca y se acerca a la profundidad vaginal de aquella dulce mujer primitiva. Al entrar, hay una mesa con cuatro sillas, al lado derecho está mi padre y mi madre, es una mesa inusual, en mi casa siempre hubo una mesa redonda, nadie estaba del lado de uno más que del otro, en el sueño parezco notarlo. Entonces, ya soy una visión con un cuerpo. Del lado izquierdo está mi hermano.
Ellos no son ellos. Es decir, no en la imagen. Sin embargo, esto no importa, nada importa en un sueño. En mi sueño estoy en la estación de un tren, debe ser una que vi en alguna película, en Lima no hay estaciones de tren, no puedo estarlo asociando a una vivencia. Estoy en una estación, esperando algo, no necesariamente la llegada del tren, quizá alguien, quizá algo, siento ganas de quedarme ahí, entonces llega lo que en el sueño llamo “la hora del miedo”.
Quiero quedarme. No quiero irme de aquí, mis piernas flaquean, pero dónde están mis piernas, me pregunto. Otra vez soy una visión, un yo volátil e insostenible, como la pantalla de la cámara de un banco puesta frente a la cámara de un banco. El miedo a verme y no ver sino, el impronunciable mí mismo. El vértigo del círculo. Sé que en estos segundos veo todas las imágenes que contienen las respuestas a aquellas preguntas, igualmente no pronunciadas y solo presentidas, que me he hecho a lo largo del sueño. Pero en cuanto quiero quedarme con una, despierto.
Esta vez lo sé, y a pesar de la angustia, intento contenerme. Sé que no habrán palabras después de esto, ni durante, ni jamás: soy como un periodista suspicaz en medio de Hiroshima una hora antes de que los aviones homicidas crucen el cielo.
Mi historia es la no historia, este es el verdadero sentido de Robinson Crusoe:
Veo el inmenso mundo de mi mente, como veo el océano desde la lejana isla y al comprender sé que no he comprendido que no soy un suceso, que esto no puede existir.
